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2013 Mayo
2013 Mayo
De las canciones escritas por Atahualpa Yupanqui, en ninguna de las que yo recuerdo al menos, aparece “el perro” como protagonista; caso curioso ya que el perro ha sido y es para nuestro hombre de campo preferentemente algo así como su propia sombra...
 
A don Atahualpa Yupanqui,
 
a los 21 años de su partida , aquel 23 de Mayo de 1992, lo recordamos en un escrito

del Maestro Carlos Di Fulvio.



De las canciones escritas por Atahualpa Yupanqui, en ninguna de las que yo recuerdo al menos, aparece “el perro” como protagonista; caso curioso ya que el perro ha sido y es para nuestro hombre de campo preferentemente algo así como su propia sombra... 

Por tal motivo, para hablar sobre la personalidad de este importante vate, aedo, trovador, poeta, filósofo, músico, escritor, intérprete... (todo eso era y es para mí Atahualpa Yupanqui) citaré un episodio ocurrido en uno de los festivales de Cosquín hace de esto una tracalada de años mientras compartíamos el mismo camarín, como símbolo de afecto y respeto mutuo, pues desde que compusiéramos juntos -a pedido de un amigo de los pagos de Canals que teníamos en común, el Dr. Antonio Barrutia, a quien fuera dedicada la milonga que titulamos “El amigo”- siempre nos quedó voluntad y tiempo para la conversación, como así también sinceridad para escucharnos.

Al retrotraer ambas imágenes “el perro” por un lado y “el amigo” por el otro, viene aquí el hecho de contarles la respuesta que obtuviera de don Atahualpa al citarle yo en aquella oportunidad la “Oda” escrita por don Miguel de Unamuno, sobre el concepto que tenía respecto al “pobre perro” cuando su “buen amo” muriera...

- “Sí, paisano!.. Así dicen: que el perro es el mejor amigo del hombre... aunque para mí, el mejor amigo del hombre es el caballo; al respecto me animo a decirle: que tenga mucho cuidado con su perro, aquel amo que ya no pueda procurarle el alimento... ¡Se lo come el perro paisano, créame, se lo come!..”

Me dejó en la duda y pensando... (condición muy de Atahualpa); y tal vez por lo que dijo, inmediatamente asocié al perro con su ancestro lobo, remoto origen y su larga historia...


Sabrán ustedes que históricamente, la palabra “perro”, fue un nombre de afrenta entre moros y judíos...
Y a pesar del antagonismo, pues en hebreo se dice “kaleb” y esto quiere decir nada menos que: todo corazón, todo cariño;  arriesgué decirle a don Ata quien me miraba por la esquina del ojo...



-“Mire don Ata,  para el resto del mundo –(como si el nuestro hubiese sido un mundo aparte)- el perro fue la conquista más notable, la más completa, la más útil que pudo hacer el hombre; el perro pertenece enteramente a su amo, se conforma con sus necesidades... le conoce, le defiende... y, en ciertos casos, le es fiel hasta la muerte. Más, sabemos de casos que, después de haber muerto el amo, al tiempo, murió su perro de pena!..

Y en cuanto a la carencia que usted dice de alimento... 

 En mi caso, tuve un perro a quien le llamaba “cabeza, por su imponente testa”; que llegó a casa vaya a saber de donde... de esos perros callejeros... entre marrón y medio bayo, cabezón, marca perro nomás... y que supo permanecer en mi casa  cuidándola como propia aunque yo no estuviera; calculará: el pobre “cabeza” no tenía compañía, cariño, y mucho menos: alimento... sin embargo, cuando volvía, a veces a los quince días, el tipo salía a recibirme con sus mil colas de toda su alegría!.. 

Me miró esquivamente, tipo refucilo, sonrió casi imperceptiblemente y, como quien cambia rotundamente de tema,  comenzó a deleitarse con algo de la música de Juan Sebastián Bach...

-“Me ayuda a encontrar la palabra justa, paisano...y el temple exacto para decirla...”(refiriéndose a lo que circunspectamente interpretaba),

Más que interpretar, Yupanqui evocaba a Bach como si rezara, por que creía en él; por que don “Ata”, como la mayoría de los que se abrazan con pasión al sonoro madero, amaba profundamente la música de Juan Sebastián Bach.

..........


Raro y misterioso –como es lo mágico- era un hombre cáustico y mordaz más que afable y tolerante; su palabra, con esa tonada propia y a la vez ajena, correspondiente a una comarca imaginaria más que a la de su origen natal, (sabido es que él era bonaerense, de los pagos de Pergamino), con cierta cadencia norteña por no decir “tucumana”, hablaba del sur, del río, de la pampa, de la selva, de la montaña, del cielo o de Dios, como si alguien más allá de lo común y de lo esotérico le hubiera confiado las minucias y grandezas del origen de las cosas.

Cuando lo hacía, y en especial con aquellos que se regodeaban de una reconocida y merecida fama, como entretenimiento de un juego íntimo y secreto, mantenía paralelamente al asunto en sí de la conversación, otro sentido diferente... que si bien no llegaba a ser un “doble sentido”, apuntaba al escrutinio de la persona que ocasionalmente tenía como interlocutor; sobretodo a “los defectos” de esta persona cuando, acusando distracción... quería dar muestras de conspicua y sabihonda...

Eso, don Ata no lo toleraba; por que si algo le molestaba seriamente, era la falta de atención... Detalle propio de los hombres que acostumbran a hablar en serio, o mejor dicho, de cosas profundas.

Por eso, cuando encontraba en la persona con quien platicaba, alguna grieta o fisura de tal naturaleza, se metía por ella como una cuña de acero en la piedra y no cesaba de indagar hasta demolerla para luego ensimismarse y callar rotundamente.

Tal manera de obrar, le valió muchos enemigos, -cosa que el no ignoraba- de personas que al sentirse aturdidas por, ese, su intelecto juego de suspicacia y palabras, en vez de seguir ovillando madeja aparte la punta de cada  hilo, se enredaban en los laberintos de los mismos quedando vergonzosamente maneadas; sin palabras ni argumento válido, ofuscadas y molestas.
Es que Atahualpa Yupanqui siempre exigió de su público, preferentemente atención, más que admiración... la admiración he llegado a pensar que no le importaba...

A propósito de la admiración, solía contar que cierta vez, hablando con una señora muy mayor, ésta le decía:


-Yo tengo un hijo “Almirante”...
-¿Tiene usted un hijo en la Marina?..
- No señor; m’hijo vive en el campo, al norte de Córdoba...
- Creí haberle escuchado “Almirante”...
- Sí señor: m’hijo, es muy “Almirante” suyo!...

Por eso, aquellos que dicen haberlo conocido por haber platicado alguna vez ocasionalmente y ni siquiera captaron las artimañas tan criollas de su discurso, posiblemente hoy, después de su ya larga ausencia física, sigan malhumorados y pensando como aquél que dijo:

“...Se creía San Martín, por eso se tuvo que morir en Francia”.

Mientras otros, los que aprendieron tan solo por el hecho de haberlo escuchado, a medida que pase el tiempo, así como la vida, notarán que se hace más grande y grato el recuerdo del maestro.

Y hay otros, aquellos que sin conocerlo lo presintieron enorme e inalcanzable; los que de solo escuchar su nombre sintieron una extraña sensación totémica; los mismos que hoy (anónimos o reconocidos) se sumergen en la guitarra, no en procura de algarabías que proporcionan las fiestas, sino del silencio profundo que imponen la religiosas catedrales; no para llorar, sino para rezar en ese ámbito donde cada movimiento por largo o breve que fuere tiene su exacto sonido dimensionado: sin adornos que le quiten su valía, ni artilugios que empobrezcan su belleza.

Y no solo los que abrazan con unción la guitarra perciben esa mística sensación...

 También la experimentaron aquellos que en el arte, sabiendo usar la minuciosidad de la vista para bien mirar y así poder fijar acabadamente un pequeño rasgo, o algún pálido color de la gran imagen
–y me estoy refiriendo a los artistas plásticos- que después de haberse acercado al hombre como quien lo hace con un aljibe: a mirarlo por fuera y a pensarlo por dentro... cuando tuvieron que decidir su rostro: ¿Indio, o paisano?..
Sus manos: ¿Deformes, o poderosas?..
Su mirada: ¿Ladina, o profunda?..

Al final de los esmeros entre pintar lo de adentro o lo de afuera, cuando hubieron de consolidar la escultura o el retrato, algunos eligieron la firmeza del quebracho;  y otros, la dureza de la piedra.

Así de dura era la imagen que prevalecía de Atahualpa Yupanqui a quien el destino eligió entre los hombres de nuestra época para que fuera el propio artífice de su propio arte, como un lazo de unión entre la tierra y el hombre.

Esta tierra nuestra que, como toda tierra, guarda en sus entrañas casi como un olvido el recuerdo de haber parido hijos de toda laya: los que la amaron; los que la odiaron; los que la culparon; los que la malversaron; los que de ella se fueron; los que en ella se quedaron...

Todos, menos quienes dicen haberla olvidado, pues eso es mentira...

A la tierra no se la olvida por que en ella se ha nacido y por lo tanto es la patria, la madre patria que como tal, vela por todos sus hijos, buenos o ingratos; y así como no le ofenden los reclamos de los más menesterosos, tampoco le halagan las loas de los que se creen soberanos... Y así como disimula u olvida la mala acción de los hijos que la traicionaron, así la tierra elige entre sus hijos a aquellos que eligió para que le canten.

La tierra, solamente ella es la que elige a sus artistas.

Tan simple y así de serio considero que fue elegido don Atahualpa Yupanqui.

Carlos Di Fulvio.
Allá en Córdoba, no sé que año del Siglo pasado.


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